Sismo en La Guaira: ¿Puente colonial para controlar al poder popular?

El sismo que desnudó viejas estrategias de poder

El 24 de junio de 2026, mientras la tierra temblaba en La Guaira y los tambores resonaban en Naiguatá, se reactivó un guion que el poder replica desde 1812. No es casualidad, sino una operación política.

¿Qué pasó?

Un sismo sacudió el territorio; en el mismo instante, ciertos sectores políticos aprovecharon la incertidumbre para satanizar tradiciones y comunidades históricamente excluidas. Lo natural se convirtió en criterio para etiquetar y desprestigiar prácticas populares.

Por qué esto cambia el escenario

Desde el terremoto de Caracas en 1812, cuando la jerarquía colonial usó la catástrofe para justificar la dominación penalizando la rebelión, hasta hoy, persiste la misma matriz: la incertidumbre se llena con discursos que señalan a los cuerpos y prácticas populares como origen del desorden.

  • Se repite la estrategia de usar catástrofes para controlar y dividir.
  • Los golpes contra figuras populares – desde epítetos racistas contra Chávez hasta ataques recientes contra Delcy Rodríguez – muestran una continuidad de esa agenda política.
  • El tambor, símbolo de resistencia colectiva, sigue siendo blanco porque representa fuerza comunitaria ingobernable.

Lo que no se cuenta

Lo que el aparato de control ignora es que sus mismos mecanismos generan las condiciones para el regreso persistente de esos cuerpos y culturas que busca erradicar. La historia de la diáspora forzada de comunidades y la rearticulación de tradiciones (como el tambor en San Juan) exhibe cómo el sistema, sin querer, construye los puentes para que el poder popular resista.

Qué puede venir

La raíz ancestral y política detrás del tambor y las prácticas populares está lejos de ser dominada. En lugar de ser argumento para el miedo, esa fuerza cultural seguirá marcando el territorio y su historia. La repetición del patrón colonial ofrece una decisión clara: seguir usando catástrofes para justificar la exclusión o reconocer la voluntad legítima de comunidades a gobernarse.

¿Estamos frente a un nuevo capítulo del viejo juego colonial, o la sociedad recuperará su palabra verdadera?

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