No caigamos en el error: Nueva Constitución, más problemas que soluciones
¿Por qué insistir en crear una nueva Constitución cuando ya tenemos una vigente y funcional?
El país está entrando en una etapa crucial, la más significativa desde 1811. Precisamos estabilidad y certeza, no más incertidumbre ni costos innecesarios.
La Constitución de 1961 ha demostrado ser una base sólida. No necesitamos un proceso largo, costoso y plagado de conflictos para redactar un nuevo texto. La verdadera solución está en actualizarla con reformas puntuales, aprovechando leyes orgánicas y especiales que incorporen mejoras sin destruir lo que funciona.
Este camino es viable y expedito. El dilema surge cuando se plantea una nueva Constitución: se abre la puerta a debates interminables y a agendas políticas que pueden desestabilizar el orden institucional.
¿Qué debe hacerse entonces?
Es urgente designar un equipo profesional de constitucionalistas, alejados de influencias ideológicas extremas, que trabaje con la realidad y la experiencia acumulada. Su misión: reforzar y modernizar el marco actual con aportes concretos y bien fundamentados.
Este enfoque garantiza que el país avance con leyes claras y estabilidad jurídica, vitales en estos tiempos decisivos. Lo demás es un riesgo innecesario que ningún ciudadano debería permitirse.