La crisis que nadie admite: ¡Venezolanos no saben leer bien!

¿Sabemos realmente leer en Venezuela? La respuesta suele sorprender.

Hoy, gran parte de la población lee de forma acelerada y desorganizada. Ignoran los signos ortográficos básicos que guían la comprensión: comas, puntos, interrogaciones. El resultado es un texto vacío. Palabras sin sentido.

Esto no es solo un problema cultural: tiene consecuencias directas en la capacidad crítica, la formación y la calidad del debate público.

¿Qué pasó?

Desde niños nos enseñan la importancia de los signos de puntuación para controlar el ritmo y la coherencia en la lectura. Sin embargo, la realidad es otra.

Venezolanos leen textos sin hacer pausas; atropellan la lectura con prisas, sin entender la profundidad de lo que hoy se escribe o se dice. Esto genera una sociedad que no procesa, no reflexiona y carece de herramientas para cuestionar discursos o propuestas políticas.

Incluso en mundos intelectuales como el literario, algunos se escudan en una supuesta superioridad para despreciar a quienes son capaces de leer con sentido. Ese elitismo disfraza una incapacidad real para comunicarse y construir ciudadanía crítica.

¿Por qué esto cambia el escenario?

Si la mayoría no sabe leer bien, se vuelve vulnerable a manipulaciones, desinformación y agendas que buscan moldear mentes sin capacidad de análisis profundo. La base del pensamiento independiente se desmorona y el terreno queda listo para quienes imponen ideas sin cuestionamientos.

Además, la desaparición de espacios culturales tradicionales como periódicos o librerías agrava esta realidad. La burguesía que, antes aspiraba a un mínimo de cultura, está desdibujada. Y quienes ocupan el poder hoy ni siquiera consultan una fuente confiable.

¿Qué viene después?

Sin un cambio urgente en la forma en que leemos y enseñamos a leer, la crisis cultural desembocará en un deterioro aún mayor de la sociedad y sus instituciones.

La capacidad de cuestionar discursos oficiales seguirá en declive, mientras los grupos que imponen agendas políticas avanzarían con menos resistencia.

La invitación es clara: es hora de recuperar la lectura consciente y crítica. No para un mero ejercicio cultural, sino como herramienta fundamental para recuperar la legalidad, el debate social y la fortaleza institucional.

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