Venezuela: La desconfianza que destruye al país sin que lo veas
Venezuela ya no es solo un Estado fallido: es una sociedad sin confianza.
Durante casi 30 años, no solo se perdieron libertades, sino algo mucho más letal: la confianza desapareció en todos los niveles. Hoy nadie confía plenamente ni en las instituciones ni en sus compatriotas.
¿Por qué importa esto?
Porque cuando la confianza se rompe, la ley se vuelve papel mojado, la justicia un espejismo y la administración pública un engranaje que protege al poder, no al ciudadano.
La Constitución en Venezuela se repite de memoria, pero se ignora en la práctica. Eso no es solo falta de legalidad, es la base para que la sospecha y el rechazo mutuo dominen la sociedad.
¿Qué efectos tiene esta fractura?
- El empresario que quiere invertir es señalado.
- El político que busca acuerdo es descalificado.
- Todo intento de diálogo es percibido como traición.
Esta polarización no es espontánea. Es cultivada desde el poder que se alimenta de la desunión para mantener el control. Fragmentar la sociedad es su estrategia para que nadie exija cambios.
¿Y qué papel juegan las redes sociales?
Amplifican la intolerancia y exigen «pureza ideológica» sin espacio para matices o acuerdos. Esto profundiza la división y anula el pragmatismo necesario para reconstruir.
La estrategia del poder es clara:
- Sembrar miedo e incertidumbre.
- Colocar en posiciones clave a actores cuestionados.
- Neutralizar cualquier brote real de esperanza.
Las fechas clave de 2024 y 2026 marcaron intentos serios de cambio, rápidamente sofocados. La desconfianza sistemática se vuelve destino, no reacción.
¿Qué sigue?
No hay espacio para ingenuidades. Reconstruir confianza será lento e incómodo. Pero es urgente. Sin confianza no hay inversión, no hay acuerdos, no hay futuro.
Venezuela ya enfrentó dictaduras y crisis graves. La historia demuestra que es posible levantarse del fondo. El primer paso es creer que un futuro distinto es posible, aunque hoy parezca lejano.
Es hora de mirar hacia adelante.