Mejor, pero sigue lejos de lo que Venezuela necesita
Cuatro meses después de la salida de Maduro, Venezuela muestra signos moderados de recuperación económica, pero está muy lejos de dejar atrás el colapso total. El PIB crece, pero ronda los 90–110 mil millones de dólares, muy lejos de los 400 mil millones previos. La economía depende aún casi exclusivamente del petróleo, comercio dolarizado y servicios de baja productividad. La inflación, proyectada entre 260% y 380%, sigue destruyendo cualquier ganancia nominal.
La producción petrolera ha mejorado hasta cerca de 1 millón de barriles diarios, pero eso no supera la mitad del potencial ni el volumen histórico del país. Los dólares que entran son insuficientes y opacos. La mayoría de la población (más del 97%) siente que no hay mejoras reales en su calidad de vida. El hambre social sigue siendo una bomba de tiempo con más del 70% en pobreza por ingresos.
¿Por qué esto cambia todo?
En lo político, la legitimidad del actual régimen transitorio de Delcy Rodríguez es pésima: más del 90% desaprueba su gestión económica, social y democrática. En paralelo, María Corina Machado concentra entre 70% y 80% de la intención de voto, pero sin control del aparato político. La ecuación está clara: el chavismo aferrado al poder sin respaldo social y una oposición con respaldo masivo, pero sin aparato.
Washington ha ejecutado un plan dividido en 3 fases: sacar a Maduro, estabilizar economía y petróleo, luego transición política. La primera fase se cumplió al sacar a Maduro, la segunda está en marcha con licencias petroleras y regreso de inversión. Pero la tercera, la auténtica transición política, brilla por su ausencia. Sin hoja de ruta clara y con Delcy como interlocutora, el régimen se recicla y gana tiempo para afianzar su poder.
¿Qué viene después?
El escenario más probable es una normalización autoritaria: un chavismo 3.0 con fachada de estabilidad, producción petrolera limitada y apoyo internacional que prefiere barriles antes que democracia. Esto pone en riesgo que el esfuerzo actual solo consolide un arreglo imperfecto que prolonga la crisis y mantiene la pobreza y la crisis institucional.
Pero hay otra posibilidad real: una ruptura por legitimidad si María Corina Machado logra conectar su enorme respaldo social con el costo político que sufre Washington por sostener a un régimen ilegítimo. Eso podría llevar a una presión popular y militar que force una transición auténtica.
El riesgo menos visible, pero crítico, es una reimposición dura de sanciones frente a la exposición de vínculos del chavismo con redes criminales y terroristas, provocando un caos que haría imposible una salida ordenada y pone en peligro la estabilidad regional.
Límites invisibles que no se están viendo
Una de las pocas certezas materiales es la crisis eléctrica: sin una infraestructura eléctrica moderna y confiable, la producción petrolera no puede crecer sostenidamente. El sistema actual está al borde, obliga a racionamientos y limita el consumo interno. Sin inversiones masivas y apertura del sector eléctrico, cualquier intento de levantar la producción petrolera por encima del millón de barriles diarios será frágil y destinado al fracaso.
¿Se puede corregir el rumbo?
El voto de confianza hacia Washington y Trump persiste, pero ya no es ilimitado. La población siente que la estabilidad favorece al régimen reciclado y se merece algo más que un gobierno sin legitimidad ni resultados visibles.
La única forma de evitar que este esfuerzo termine en un maquillaje autoritario es incorporar una agenda política clara: un cronograma electoral serio, reformas institucionales básicas y señales reales sobre presos políticos.
María Corina Machado no es un dato marginal. Con su apoyo social mayoritario, representa la esperanza de traducir respaldo popular en un liderazgo visible que impulse la transición real antes de que el país se conforme con una dictadura con mejor cara.
¿Qué riesgo corremos si no cambiamos?
Un estancamiento donde la “estabilización” se convierta en un nuevo equilibrio autoritario; una frágil recuperación petrolera sin avances sociales; y un deterioro progresivo del sistema eléctrico y servicios básicos. Si Washington prioriza barriles y aparente orden antes que verdadera democracia, se seguirá ignorando que la mayoría del país demanda cambios profundos.
Este momento es crítico. Se puede avanzar hacia un país normal o quedar atrapado en arreglos tácticos que alargan el sufrimiento. El tiempo político no es infinito. ¿Estamos dispuestos a exigir resultados reales o aceptaremos una nueva normalidad con otro empaque?
Conclusión
Lo que Venezuela necesita no es solo estabilización económica; necesita una transición política con legitimidad, instituciones funcionales y una visión histórica clara. El desafío actual es evitar que la contención momentánea se convierta en un blindaje para el chavismo reciclado.
Por eso esta advertencia no es una crítica destructiva, sino un llamado responsable para que el plan en marcha se revise, profundice y amplíe en su horizonte político. El país tiene potencial y recursos. Solo hace falta voluntad política para virar hacia la verdadera transición que Venezuela exige.