Universidades venezolanas: silencio cómplice ante la ruina y la opresión

Silencio y entrega: la verdadera crisis universitaria

El liderazgo universitario en Venezuela ha cambiado. De faro ético pasó a ser un gestor burocrático que calla mientras la universidad se derrumba.

Las autoridades rectorales y gremiales enfrentan dos caminos claros: defender la libertad y la autonomía universitaria o rendirse a la administración rutinaria de un sistema en ruinas. El silencio que hoy domina no es prudencia; es capitulación ética.

¿Quién gobierna realmente las universidades?

La razón detrás del mutismo está clara: un chantaje presupuestario del poder central. El Estado controla la nómina, secuestra recursos y elimina controles para tener autoridades en calidad de rehenes institucionales.

Este modelo ofrece recursos mínimos solo para mantener operativos los campus, exigiendo a cambio sumisión absoluta. El resultado: salarios pulverizados, infraestructura destruida y universidades doblegadas.

¿Una neutralidad que favorece al opresor?

Las cúpulas universitarias que exigen respeto en discursos pero ignoran la crisis interna legitiman con su silencio la opresión. La supuesta neutralidad es en realidad complicidad que normaliza el abuso estatal y elimina cualquier resistencia legítima.

Al cerrar los ojos ante el deterioro salarial, la censura y el acoso, están aceptando que el miedo y la coacción dicten el futuro académico y social.

El costo del silencio

No se trata de indiferencia, sino de temor y conveniencia personal. El riesgo de represalias políticas o institucionales empuja a las autoridades a dejar de lado su deber. Prefieren preservar su estabilidad antes que defender principios básicos.

Así, la universidad deja de ser un espacio de libertad para convertirse en una oficina administrativa más, condenada a la supervivencia miserable.

¿Qué cambia este escenario?

La historia es clara: las universidades no pueden ser meros administradores de la miseria bajo control estatal. La autonomía se mide en la defensa firme y sin ambigüedades contra cualquier abuso de poder.

Los actuales líderes universitarios tienen una obligación moral imposible de eludir: levantar la voz, confrontar la opresión y retomar el rol histórico de custodia de la libertad y el pensamiento crítico.

Esto no es solo una cuestión institucional o gremial, es una batalla ética urgente. Porque la verdadera “autonomía” no es silenciarse para sobrevivir, sino resistir para existir.

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