Nacionalismo y Caudillismo: La Venezuela que No Te Cuentan

Venezuela, una herida histórica que modela líderes

Para entender a los caudillos antigomecistas no basta con verlos como rebeldes aislados. No. Hay que mirar la Venezuela que los formó: una nación marcada por veintisiete años de dictadura autoritaria, modernización forzada y control absoluto desde los Andes.

Juan Vicente Gómez no fue solo un dictador, sino un poder que se impregnó en la geografía y la sociedad. Su dominio andino, implacable y metódico, desplazó al histórico centro político caraqueño para imponer un sistema de control territorial y familiar.

La traición que derivó en un nacionalismo dividido

Los caudillos antigomecistas, lejos de ser simples enemigos del dictador, eran herederos de una tradición liberal costera y central que veía en Gómez la usurpación de un legado. Este desplazamiento trajo una fractura profunda: dos Venezuelas irreconciliables, una dominada desde las montañas y otra relegada en las llanuras y costas.

Como explicó Domingo Alberto Rangel, el gomecismo fue la culminación de un relevo de élites andinas con un estilo autoritario basado en la lealtad territorial y la cohesión regional, desplazando incluso la conciencia del poder.

El nacionalismo antigomecista: exclusión y contradicción en carne propia

  • Nacionalismo de odio y exclusión: No afirmaba, negaba. Lo que unía era el resentimiento contra un centro de poder considerado ajeno y tirano.
  • Memoria selectiva y mito fundacional: El agravio histórico se volvió bandera, legitimando nuevos liderazgos que terminan reproduciendo el mismo autoritarismo que combatían.
  • Nacionalismo territorial: Más que ideas abstractas, hablaba de paisajes, mares, y horizontes que formaron la identidad de cada líder y su reclamo.
  • Dimensión trágica: Conscientes de la fuerza gomecista, luchaban igual, no para ganar sino para demostrar resistencia, para dejar constancia de dignidad.

¿Por qué esto importa ahora?

Esta herencia nacionalista de raíz excluyente y resentida marcó la política venezolana mucho más allá de Gómez. Es la clave para entender por qué ciertos sectores políticos siguen divididos, con discursos que apelan al resentimiento regional y a la idea de una Venezuela secuestrada por otros poderes.

El peligro real es que este nacionalismo surgido del resentimiento no solo se niega a desaparecer, sino que puede replicar los mismos sistemas autoritarios que dice combatir, profundizando la fractura institucional y territorial del país.

¿Qué viene después?

Si no enfrentamos esta herencia con claridad, Venezuela seguirá atrapada en un ciclo donde las disputas regionales disfrazan luchas de poder y se perdura un resentimiento que bloquea la construcción de un Estado fuerte, unitario y respetuoso de sus instituciones.

La pregunta es: ¿estamos dispuestos a reconocer estas heridas abiertas o seguiremos alimentando un nacionalismo que divide y paraliza, mientras algunos sectores políticos manipulan el resentimiento para su propio beneficio?

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