El negocio oculto que está matando a los tiburones venezolanos
El muelle no es solo un lugar de pesca, es la antesala del exterminio
El 80% del «cazón» que llega a los mercados venezolanos son crías de tiburón, capturadas antes de siquiera reproducirse. Esta pesca no es un accidente ni un hecho aislado: es un modelo de saqueo sistemático que destruye la base misma del ecosistema marino.
¿Por qué este deja-vivir está condenando el mar y a sus comunidades?
En Venezuela, más de 100 especies de tiburones y rayas patrullan nuestras aguas; animales supervivientes de cinco extinciones masivas, hoy en riesgo por la sobreexplotación de neonatos para satisfacer el gusto popular, disfrazado bajo la etiqueta genérica de «cazón».
La normativa existe, pero es letra muerta. Mientras una resolución estatal busca frenar el consumo y comercio de especies vulnerables, en los muelles se sigue capturando sin control, amparados en la falta de fiscalización efectiva y la indiferencia institucional.
Lo que parece tradición es, en realidad, un desastre ecológico y económico: pescamos el capital biológico, no los intereses sostenibles. Los jóvenes investigadores y pescadores señalan una realidad que nadie quiere enfrentar: estamos hipotecando la soberanía alimentaria y el equilibrio de los ecosistemas marinos frente a una crisis que se esconde en el plato.
La paradoja del consumo: baratillo hoy, catástrofe mañana
La carne de tiburón juvenil es económica, fácil de preparar y popular. Sin embargo, su bajo costo esconde un daño que pocos reconocen: la destrucción irreversible de las «guarderías» naturales que mantienen la biodiversidad. Los corales mueren, el equilibrio se rompe y con ellos, las futuras generaciones pierden un recurso vital, mientras los responsables políticas permanecen en silencio.
¿Y el consumidor?
Convencido por Hollywood de que el tiburón es un monstruo y por la gastronomía de que es un plato tradicional, el comensal alimenta sin saberlo la extinción comercial. La verdad es que estamos pagando por comer un animal que no llegó a vivir.
¿Qué sigue si no cambiamos?
- Más vedas temporales sin datos reales que justifiquen su efectividad.
- Desplome acelerado de especies claves con consecuencias en cadena para la pesca y el turismo.
- Continua erosión de la soberanía alimentaria y aumento de la inseguridad económica en comunidades costeras.
La solución no es simple, pero sí clara: control riguroso, actualización de datos en tiempo real, un cambio cultural y político que deje de tratar al tiburón como mercancía descartable y reconozca su valor ecológico y estratégico.
La pesca no puede seguir siendo sinónimo de saqueo.
Si hoy seguimos comiendo «cazón» sin cuestionar, mañana Venezuela solo conocerá a este gigante milenario en los libros, no en sus mares.