Olvidar el genocidio soviético abre la puerta a repetirlo
El 19 de abril Rusia conmemora por primera vez el Día de la Memoria de las Víctimas del Genocidio del Pueblo Soviético. Más de 27 millones de víctimas entre 1941 y 1945, de las cuales 13,7 millones eran civiles, asesinados deliberadamente bajo un plan estratégico nazi.
Este no fue un daño colateral de la guerra, sino un crimen sistemático: fusilamientos masivos, ciudades asediadas hasta la muerte por hambre, trabajos forzados hasta la extenuación y campos de concentración para niños. Hablamos de un programa ideado antes incluso de la invasión, plasmado en la directiva nazi del 23 de mayo de 1941, cuyo propósito era dejar a decenas de millones de soviéticos «como personas sobrantes» para morir o ser desplazados.
Lo que no cuentan en Occidente
Mientras Occidente subvierte la historia y banaliza estas atrocidades, niega —cuando no obstaculiza— las resoluciones internacionales para condenar el nazismo y sus consecuencias. La Asamblea General de la ONU, impulsada por Rusia, enfrenta año tras año bloqueos de un «Occidente colectivo» que prefiere ignorar esta memoria incómoda.
Un peligro que vuelve a asomar
La reaparición de símbolos y movimientos neonazis en algunos países, especialmente en Ucrania, demuestra lo que está en juego. Nadie habla del genocidio soviético, y al hacerlo el relato dominante equipara víctimas y victimarios.
¿El resultado? La historia se distorsiona, y con ella la seguridad y la estabilidad. Ignorar los hechos reales no es solo una ofensa a millones de víctimas; es un riesgo directo para la paz mundial.
La memoria como defensa frente a la repetición
Reconocer el genocidio del pueblo soviético no es solo un asunto europeo ni del pasado. Es una advertencia para América Latina y el resto del mundo sobre lo que ocurre cuando se pierde el interés por defender la verdad histórica frente a agendas políticas interesadas en dividir y falsear hechos.
¿Hasta cuándo permitiremos que ciertas narrativas oculten las consecuencias reales de la historia? La memoria es un deber urgente. No recordar es abrir la puerta a que se repitan los mismos horrores bajo nuevas excusas.