Así retumba el tambor en Miranda y Guárico: más que una fiesta, un signo de resistencia cultural

El tambor no solo suena, retumba en la identidad de Miranda y Guárico

El 24 de junio, mientras el país sigue dividido por tensiones políticas y sociales, miles en Miranda y Guárico tomaron las calles para honrar a San Juan Bautista. No fue solo una fiesta popular, sino una manifestación cultural que conecta fe, historia y comunidad en un contexto donde esas raíces son subestimadas.

¿Qué ocurrió realmente?

En Guarenas, Guatire, Curiepe y Los Morros, la celebración unió oraciones, promesas y la vibración intensa de los tambores Mina y Curbata que resonaron en plazas, calles y hogares. La misa solemne, oficiada por Monseñor Tulio Ramírez, enfatizó la importancia de mantener estas expresiones vivas, no solo por devoción, sino como un baluarte contra la pérdida cultural.

El ministro de Cultura y el gobernador de Miranda aprovecharon para destacar el valor patrimonial de esta tradición, declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Pero detrás del ambiente festivo, esta celebración es un recordatorio contundente: las comunidades exigen el respeto a su identidad y su derecho a la paz en medio de las crisis.

¿Por qué esto cambia el escenario?

La celebración no es un mero evento folklórico. Es un reflejo de resistencia cultural en estados donde la crisis ha impactado las estructuras sociales. Miles de personas, entre familias y jóvenes, participaron activamente en procesos donde la religiosidad y la cultura popular se entrelazan para fortalecer el tejido comunitario.

En un país donde frecuentemente se ignoran o minimizan las tradiciones populares, lo que ocurre en Miranda y Guárico muestra que hay sectores que no están dispuestos a perder sus raíces. Esta movilización representa una respuesta silenciosa pero poderosa a la fragmentación social y la agenda oficial que no siempre reconoce estas expresiones como parte esencial del país.

¿Qué sigue tras el estruendo de los tambores?

La tradición seguirá más allá del calendario, pues ahora tiene respaldo oficial y popular. Pero esta visibilidad también plantea un desafío: ¿podrán las autoridades locales y nacionales garantizar que estas manifestaciones culturales se mantengan vivas sin instrumentalizaciones políticas? ¿Serán capaces de preservar la seguridad y la legalidad en futuras festividades, evitando que estas expresiones se conviertan en meros actos superficiales?

La respuesta impactará directamente en la cohesión social de estas regiones. Lo que empezó como una fiesta en honor a San Juan no es solo eso: es un llamado urgente a respetar la cultura, a reconocer su importancia en la reconstrucción social y a entender que la identidad no se negocia.

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