Argentina 50 años después: lo que el cine revela y oculta sobre la dictadura

La dictadura que Argentina no quiso enfrentar del todo

El 24 de marzo de 1976 marcó un antes y un después en Argentina. Un golpe de Estado sin derramamiento masivo inmediato, pero que desnudó la caída de un gobierno en ruinas y el fin de falsas esperanzas de un orden democrático rápido.

Lo que vino fue la espada y un modelo brutal de represión. La dictadura instaló un “estado de desaparición” que la sociedad sigue intentando entender. Videla sintetizó el horror: «El desaparecido no está ni vivo ni muerto».

El cine: reflejo tardío y parcial del trauma

Durante la dictadura casi no hubo cine de calidad que abordara la crisis. Recién con la vuelta de la democracia, el séptimo arte empezó a procesar un trauma que sigue abierto. Películas como La historia oficial (1985) rompieron el silencio, mostrando uno de los capítulos más terribles: la apropiación sistemática de bebés.

Pero lo que el cine popularizó fue solo la punta del iceberg. Documentales como Escuadrones de la muerte (2003) revelaron que la represión no vino de instancias externas exóticas, sino de instructores franceses entrenados tras la guerra de Argelia. Un dato que contracara la narrativa oficial sobre la influencia exterior.

Revivir el infierno: secuestros, vuelos y la justicia a medias

Desde Garage Olimpo hasta Argentina, 1985, el cine retrata la maquinaria represiva y el complicado proceso para llevar a los militares a juicio. Pero también muestra las grietas de una democracia frágil que tuvo que negociar con sus torturadores.

Sin embargo, el debate público sigue anclado en discusiones estériles sobre cifras: ¿8.000 desaparecidos o 30.000? La diferencia es irrelevante cuando hablamos de un sistema organizado para matar y reprimir.

¿Qué viene después?

La historia no termina. El trauma político y social se abre camino narrativamente, como con la venezolana Simón (2023). Pero Argentina y América Latina tienen pendientes: dejar de dividirse por relatos incompletos y confrontar la verdad con todas sus aristas.

Porque un torturador no cambia por la etiqueta ideológica. La justicia, la memoria y la seguridad dependen de entender y repudiar ese método, no simplificarlo. Es hora de que el cine y la sociedad dejen atrás consensos artificiales y cuenten la historia completa, sin concesiones.

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