El Estado que impulsa la anomia para controlar a Venezuela

La anomia como arma del poder

El Estado venezolano ha convertido la anomia en su principal arma de control social. No es un accidente: la incertidumbre creciente y la normalización de la violencia cotidiana son parte de una estrategia deliberada para fragmentar y paralizar a la sociedad.

¿Qué está pasando?

El Gobierno impulsa conductas que violan la convivencia, mientras diluye la normativa y descompone el discurso político. Problemas graves del país desaparecen tras debates superficiales y divisivos, diseñados para polarizar sin resolver nada estructural.

Vemos cómo la Ley de Amnistía, los reajustes salariales y otros asuntos se suceden como distracciones, porque abordar la reparación social y laboral requeriría responsabilizar al modelo económico oficial, algo que el régimen evita a toda costa.

Consecuencias en las instituciones y la sociedad

La anomia salta a las calles: el caos vial domina, con motorizados que ignoran normas, poniendo en riesgo a niños y ancianos. Las autoridades son indiferentes, quebrantando la legalidad bajo la sombra de unas elecciones que entretienen pero no garantizan cambio.

En lo político, el Estado siembra agentes de anomia para erosionar la unidad opositora. El objetivo es relativizar los principios republicanos y evitar una oposición real y competitiva.

¿Qué debe hacerse?

Esta crisis, denunciada desde la década pasada, requiere acción urgente. La próxima transición no será posible sin una oposición que logre detener la dispersión social y, fundamentalmente, fomente la autodisciplina ciudadana como base para reconstruir la legalidad, la responsabilidad y la fuerza política necesarias.

La sociedad debe recuperar el control y frenar el proceso anomizador antes que sea irreversible. Solo así podrá encarar una transición legítima y efectiva.

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