La verdad que no te cuentan sobre la crisis venezolana y el fracaso del diálogo
¿Por qué el llamado al diálogo en Venezuela fracasa una y otra vez?
Porque aquí no se enfrentan dos proyectos políticos en competencia, como quieren hacer creer. Lo que presenciamos es una ruptura profunda, casi irreversible, entre una sociedad civil que defiende la constitucionalidad y un aparato criminal que secuestró al Estado.
El mito de la «fusión de horizontes»
La idea de que el diálogo y el consenso pueden curar cualquier crisis política es una ilusión peligrosa. Popularizada por ciertos sectores académicos, sostiene que con suficiente diálogo se supera cualquier polarización. Pero esto no aplica cuando uno de los actores opera fuera de la ley, del Estado de derecho y del sentido común político.
Hans-Georg Gadamer planteó la «fusión de horizontes» como un proceso de transformación recíproca entre interlocutores que se reconocen mutuamente y comparten un marco común de sentido. Sin embargo, en Venezuela faltan esas condiciones básicas.
Dos realidades irreconciliables
Benedetto Croce distinguió entre términos opuestos que dependen uno del otro y términos distintos que no pueden sintetizarse porque pertenecen a lógicas incompatibles. Eso explica la realidad venezolana:
- Una mayoría que se mantiene dentro de la racionalidad democrática y constitucional.
- Un grupo que abandonó toda lógica política y se refugió en la criminalidad y el control coercitivo.
No hay diálogo posible cuando uno de los actores no reconoce las reglas básicas ni la legitimidad del otro. No existe «fusión de horizontes» sin un suelo común. En Venezuela, ese suelo está roto.
¿Qué viene después?
El primer paso para cualquier salida es reconocer la verdadera naturaleza del problema: un secuestro institucional que no responde a la lógica política, sino a la criminal. Sin justicia y sin un retorno del grupo en el poder a la política legítima, las apelaciones al diálogo solo serán palabras vacías.
Solo cuando se restaure la racionalidad política podrá pensarse en superar la escisión y empezar a reconstruir el país. Mientras tanto, insistir en falsas esperanzas de consenso solo oculta la gravedad real de la crisis y retrasa las soluciones reales.
Este es el diagnóstico que no cuenta la agenda política dominante.