La juventud venezolana: ¿víctimas o fuerza para cambiar el futuro?

12 de febrero: más que una fecha, una advertencia

El 12 de febrero no es un homenaje vacío. Es una herida abierta que desnuda la historia que el poder no quiere que se cuente.

Lo que pasó

En 1814, José Félix Ribas armó a seminaristas y estudiantes sin experiencia para que eligieran entre vencer o morir. Eligieron vencer, pero muchos jamás cumplieron años; sacrificaron su juventud en un país que aún no existía.

Desde entonces, ser joven en Venezuela ha sido sinónimo de ser carne de cañón en luchas donde la libertad se paga en sangre. Bolívar, Sucre, los luchadores contra Gómez, Pérez Jiménez, y las protestas de 2014 y 2017 son la misma historia: jóvenes que pagaron con cárcel, exilio o muerte el atrevimiento de pensar distinto.

Por qué esto cambia el escenario

Otros países celebran a sus jóvenes, aquí se les recuerda con urnas y archivos judiciales. La juventud no es una etapa, es un campo de batalla donde la rebeldía es delito y la esperanza un riesgo. Y hoy, ese sacrificio sigue vigente aunque cambiaron los uniformes y las batallas.

Millones de jóvenes venezolanos están fuera de las aulas, huyendo en silencio o presos. La tragedia no es solo la represión o la pobreza, sino una amenaza más profunda: la resignación. Cuando una generación deja de creer, el país empieza a morir.

Qué sigue si no cambiamos el rumbo

Pero aquí hay una verdad que pocos quieren aceptar: no es necesario morir para vencer. No hay gloria en perder vidas. El verdadero triunfo será el de los que resisten, organizan, reconstruyen, educan y denuncian sin caer en la trampa de normalizar la injusticia.

El 12F debe dejar de ser solo memoria para convertirse en conciencia activa. La libertad y las oportunidades son el tributo que la juventud merece, no discursos ni monumentos. Mientras no existan, la juventud seguirá pagando caro por un crimen que no cometió: nacer en Venezuela.

¿Estamos dispuestos a permitir que esta generación se rinda? La sangre que fundó la República no puede ser en vano. La pregunta es clara: ¿queremos que la juventud venza viviendo o que siga muriendo en vano?

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