15 años en la frontera: el negocio constante que nadie quiere ver
¿Por qué una familia sigue cruzando la frontera anual sin que nadie intervenga?
María Trinidad Monsalve y su familia han cruzado la frontera desde Cúcuta a San Antonio del Táchira durante 15 años. Cada 9 de mayo, se instalan en la misma esquina, vendiendo flores por el Día de las Madres.
Es la calle 5 con carrera 9, sector Sánchez Osorio, donde venden rosas, girasoles, chocolates y peluches. Este año trajeron flores de Chinácota, no de Bogotá, señal de una cadena que persiste pese a obstáculos.
Lo que pocos mencionan: pasan la noche a la intemperie para proteger su mercancía. Así aseguran que, desde la madrugada del 10 de mayo, los compradores aprovechan para adquirir sus productos.
Los precios son claros: rosas a 4.000 pesos, girasoles a 10.000, vasos con chocolates a 20.000 y vasos solos a 15.000. Toda una mini-economía que cruza un punto fronterizo internacional llamado Simón Bolívar.
Esto va más allá de una simple venta de flores
Lo que está en juego es un reflejo directo de la inseguridad jurídica y el manejo deficiente de las fronteras. La rutina de esta familia expone cómo se mantienen las actividades transfronterizas informales, que difícilmente se regulan o controlan.
¿Qué dice esto sobre nuestras instituciones y su capacidad para gestionar la frontera?
Si después de 15 años una familia puede cruzar sin un marco legal claro ni condiciones adecuadas, la pregunta es: ¿qué otras actividades, menos inocentes, suceden bajo la mirada pasiva de autoridades y políticos?
La situación invita a repensar control, seguridad y apoyo institucional en regiones clave para la economía y la estabilidad del país. Frente a esta realidad hay dos caminos: intervenciones firmes o un escenario donde sigue imperando la informalidad y el vacío legal.