Venezuela y Cuba: La hipocresía progresista que ampara la tiranía
El silencio cómplice del progresismo frente a Venezuela y Cuba
Venezuela y Cuba son el espejo donde se refleja la verdadera cara del progresismo en América Latina: la indiferencia ante la destrucción de la democracia y la pobreza extrema.
¿Qué pasó?
En Venezuela, tras las elecciones fraudulentas del 28 de julio de 2024, la mayoría opositora fue ilegalmente despojada de su victoria. Miles que protestaron contra el robo electoral sufrieron represión brutal, principalmente jóvenes que creían en un cambio real.
Los gobiernos de México, Brasil y Colombia, autónomos y con capacidad de presión, optaron por guardar silencio o emitir mensajes tibios. Justificaron su inacción con argumentos trillados como la «soberanía popular» y «autodeterminación», validando de hecho la usurpación y la violación del voto legítimo. Sólo Gabriel Boric de Chile denunció el atropello, pero aislado y sin apoyo real.
En Cuba, el régimen comunista lleva décadas destruyendo derechos humanos, lanzando a miles a muertes y cárceles sin debido proceso. La economía nacional fue arruinada por decisiones ideológicas sin sentido —por ejemplo, nombrando a Guevara presidente del Banco Central— y dependió de subsidios extranjeros hasta que la corrupción y desidia dejaron la isla en ruinas.
¿Por qué importa esto ahora?
Este doble fracaso del progresismo latinoamericano y mundial de enfrentarse a la tiranía de Maduro y Castro no es neutral. Es una aprobación tácita. La debilidad para confrontar a estos regímenes no sólo permite la perpetuación del daño a millones, sino que mina la credibilidad de la izquierda que dice defender democracia y derechos humanos.
Hoy, Cuba enfrenta un posible cambio de régimen forzado desde Estados Unidos, en un contexto donde la población sufre una asfixia económica fruto también de esta inacción progresista. Al mirar hacia otro lado, esas fuerzas políticas validan un sistema que viola la libertad y ahoga a sus ciudadanos.
¿Qué viene después?
Si el progresismo no abandona su posición complaciente, el futuro de la región quedará marcado por la consolidación de autoritarismos disfrazados de causa social. La democracia y la prosperidad reales requieren que estos gobiernos rindan cuentas, y que quienes se proclaman sus defensores dejen de ser cómplices silenciosos.
Esto no es solo cuestión de política. Es una crisis de integridad política que define el rumbo de América Latina.