Venezuela: Estabilidad sin democracia, la peligrosa nueva normalidad
La trampa de una «estabilidad» sin participación
En Venezuela, el poder avanza rápido y en la sombra. Esta semana, mientras se aprobaban leyes claves —como la Ley de Amnistía y la reforma a la Ley de Hidrocarburos— los jóvenes volvieron a las calles, recordando que la sociedad no ha abandonado la lucha por sus derechos políticos.
¿Qué está pasando realmente?
Estas leyes se aprobaron al margen de la sociedad civil y sin debates públicos reales. Un Parlamento ilegítimo redacta reglas que moldean un futuro donde la impunidad queda garantizada y la economía petrolera se rediseña sin controles ni transparencia.
Expertos alertan: la Ley de Amnistía podría borrar responsabilidades por violaciones graves de derechos humanos y perpetuar la impunidad. Además, la reforma petrolera, lanzada sin un marco institucional creíble ni supervisión independiente, abre la puerta a la opacidad y el mal manejo de recursos estratégicos.
¿Por qué esto cambia el escenario?
- La falta de legitimidad política y participación ciudadana destruye la confianza en las instituciones.
- La represión continúa bajo un manto legal que ignora la necesidad de justicia efectiva.
- La reforma económica sin garantías públicas amenaza la sostenibilidad del sector petrolero y el bienestar general.
- La estabilidad que busca el régimen es solo una fachada para consolidar una gobernabilidad autoritaria.
¿Qué sigue?
La sociedad venezolana se resiste y sale a las calles, pero sin liderazgo y organización claras, ese impulso puede diluirse. María Corina Machado emerge como una referencia en un panorama opositor fragmentado, mientras la Iglesia y familiares de presos mantienen viva la crítica ética.
Sin embargo, la clave sigue siendo la élite militar que sostiene el régimen. La verdadera transición solo llegará si desde dentro de esos círculos empiezan a surgir fracturas decisivas.
La paradoja es clara: un pueblo activo frente a un poder que administra cambios parciales para consolidar un control autoritario. En esta encrucijada se define el futuro inmediato.
¿Estamos ante un resurgir ciudadano o una consolidación del autoritarismo disfrazado de progreso? La respuesta está en la capacidad de la sociedad para no resignarse y exigir democracia real, no una estabilidad vacía.