Sin privatización del subsuelo, el petróleo venezolano no florecerá

¿Por qué la política de «sembrar el petróleo» no funcionó?

La idea de que Venezuela podría sembrar su petróleo para asegurar futuro y prosperidad nunca estuvo errada, pero sí la forma en que se implementó. El Estado se volvió enorme, improductivo y corrosivo, como reconoció una de las figuras clave décadas atrás. Entonces, ¿qué salió mal? ¿Quién realmente sembró el petróleo y con qué propósito?

Dos modelos, un mismo destino: control estatal

Desde el militarismo hasta la socialdemocracia, ambos sistemas concentraron el poder económico y las decisiones en manos del Estado. El resultado fue la creación de un Estado asistencialista que decidía qué, cómo y cuándo invertir, pero que también fomentaba el amiguismo y reducía la responsabilidad individual.

Entre ambos, el modelo militar fue más eficiente en su momento para desarrollar la industria petrolera, con concesiones claras y empresas privadas venezolanas que crecieron bajo un régimen más transparente. En contraste, la era socialdemócrata nacionalizó la industria y creó PDVSA, pero con ello vino el deterioro progresivo pese a contar con profesionales capacitados.

El auge de los 70: ¿mérito nacional o circunstancia global?

El famoso «boom petrolero» de Venezuela no fue obra exclusiva del Estado ni de un milagro nacionalista. Fue el resultado de inversiones privadas extranjeras, la transferencia de tecnología y una coyuntura mundial que elevó los precios del crudo a niveles sin precedentes.

Cuando el petróleo subía, Venezuela prosperaba; cuando bajaba, la crisis se extendía. La dependencia geopolítica marcó la pauta y la industria estatal nunca logró replicar el dinamismo del sector privado.

El problema de fondo: la propiedad del subsuelo

En Venezuela, sigue siendo un tabú hablar de privatizar el subsuelo, la verdadera raíz del conflicto. Si el Estado mantiene el control absoluto sobre el recurso, la eficiencia desaparece y la corrupción se multiplica.

Para cambiar ese signo, es indispensable desarrollar un sistema de propiedad privada del subsuelo, que permita establecer derechos claros, seguridad jurídica y acuerdos voluntarios entre partes. Así, la industria petrolera podría operar bajo verdaderas señales de mercado y rentabilidad.

Un ejemplo a seguir

En lugares como Texas, la distinción entre propietario del terreno y titular de los derechos minerales permitió un crecimiento sin precedentes. Con tecnologías modernas, la delimitación precisa del subsuelo es viable y puede protegerse legalmente ante expropiaciones o interferencias estatales.

¿Estado o mercado? Un debate urgente

Si bien conservar algunos yacimientos para fines estratégicos puede tener sentido —al estilo Noruega o Alberta—, debe quedar claro que la gestión estatal nunca será tan eficiente como la privada y siempre estará en riesgo de manipulación política.

Además, el régimen fiscal debe reflejar la realidad económica del petróleo: impuestos y regalías deberían aplicarse en función de ganancias y pérdidas reales, como cualquier otro negocio.

El futuro que merecemos

La historia reciente nos muestra que sin propiedad privada, el petróleo seguirá siendo instrumento de gobiernos colectivistas y no motor de desarrollo sostenible.

Imagínese: las reservas venezolanas, valeursadas en 17 billones de dólares, distribuidas en derechos de propiedad entre todos. ¿Qué proyectos, qué futuro podría sembrar cada venezolano si tuviera control real sobre ese recurso?

Sin esa transformación radical en la propiedad y gestión del subsuelo, el ciclo de estancamiento y crisis continuará. ¿Estamos dispuestos a romper con viejos tabúes para construir una Venezuela distinta?

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