700 palmeros bajaron del Waraira Repano en una procesión que va más allá de la fe
Este sábado, un grupo de entre 700 y 800 personas descendió desde el cerro Ávila, conocido oficialmente como Waraira Repano, portando cientos de palmas para la misa de Domingo de Ramos en Chacao. No es sólo una ceremonia religiosa; es una tradición que persiste desde el siglo XVIII, con una fuerte impronta histórica y comunitaria.
¿Por qué esto importa más de lo que parece?
Los palmeros, incluyendo niños y adultos, recorrieron a pie desde Sabas Nieves hasta la Iglesia San José del municipio. Esta actividad no es un simple evento municipal: atrae venezolanos de distintos rincones y se sostiene gracias a un despliegue de casi 500 funcionarios y la formación de nuevas generaciones. Más de 300 niños ya son ‘palmeritos’, el relevo que asegura la continuidad.
La tradición tiene raíces en un episodio que suele olvidarse: la fiebre amarilla del siglo XVIII que mató a la mitad de la población local. Los sobrevivientes, campesinos y trabajadores, subieron al monte para recolectar palmas y agradecer a Dios por el fin de la peste. Es un legado que conecta historia, religión y sociedad.
Lo que no se dice y viene después
Este evento, reconocido por la Unesco como buena práctica, no es sólo folklore o fe. Es un mecanismo social que fortalece la identidad frente a las políticas y agendas que buscan diluir las raíces comunitarias. La formación en botánica y cuidado ambiental entre los palmeros también cuestiona las narrativas oficiales que minimizan la importancia del patrimonio vivo y el respeto por el entorno.
En un momento donde las instituciones locales y la seguridad social están en jaque, mantener la cohesión a través de tradiciones auténticas es un contrapeso que pocos reconocen. El desafío: no perder esta y otras tradiciones mientras se enfrentan las crisis económicas y políticas que atraviesa el país.