La verdad incómoda de quemar millones para ‘celebrar’ en Valencia
Celebrar quemando casi 10 millones y generar solo cenizas: ¿Tiene sentido?
Valencia se transforma cada marzo en una ciudad tomada por monumentos de cartón y madera, con críticas sociales envueltas en fuego y ruido. En 2026, cerca de 9,8 millones de euros se gastaron en montar unas 800 fallas que durarán apenas unos días para luego ser consumidas por las llamas.
¿Por qué invertir tanto en algo que se destruye a propósito?
Las fallas se entienden solo si aceptamos que lo efímero no es un problema sino una estrategia. Su valor no está en durar, sino en impactar con una intensidad tal que no necesiten conservarse. El tiempo se detiene en esta fiesta y la ciudad entera parece vivir un presente absoluto —un instante que pesa más por su brevedad.
Pero, ¿qué queda después del fuego?
Estos monumentos no solo son arte: son transmisores de mensajes críticos a la política y la sociedad que, a pesar de desvanecerse, no desaparecen. No se trata de cambiar todo al instante, sino de instalar una incomodidad en el inconsciente colectivo que posiblemente mueva algo a largo plazo.
¿La pregunta que nadie hace?
¿Vale la pena quemar millones en un espectáculo temporal mientras problemas reales como seguridad, empleo y orden público exigen atención constante? La respuesta debería incomodarnos.
Lo que sigue
Cuando pase el 19 de marzo, Valencia volverá a su ritmo. Las calles quedarán limpias y el ruido desaparecerá. Hasta el próximo año, donde el ciclo se repetirá. ¿Estamos frente a una tradición cultural o simplemente frente a un gasto millonario con resultados intangibles que el discurso oficial no quiere discutir?