La verdad ignorada sobre las universidades venezolanas y mi familia rota
Las universidades no son islas, son piezas del Estado venezolano
En Mérida, Venezuela, nacieron mis hijas. Allí, su universidad —quizás vista como una ciudad dentro de otra ciudad— es en realidad un organismo estatal con virtudes y defectos, víctima de una crisis profunda que pocos se atreven a reconocer.
Un mito fractura no solo a las instituciones, sino a familias enteras
Alguna vez se dijo que las universidades son entelequias autónomas, intocables, y que albergan un conocimiento impoluto. Esa idea ha sido una distracción peligrosa. Mi experiencia personal lo confirma: aunque trabajé años y educaron exitosamente mis parejas e hijas allí, esa ‘autonomía’ no protegió ni a la universidad ni a nosotros como familia.
¿Qué ha pasado realmente?
- Las universidades funcionan bajo envíos presupuestarios condicionados, no bajo autonomía real.
- El colapso institucional no es una casualidad, sino resultado de decisiones políticas ignoradas.
- Familias, como la mía, se fracturan por tensiones sociales y políticas que emergen desde hace décadas.
Lo que nadie dice sobre la ‘crisis universitaria’
La idea de que estas instituciones son ‘santuarios de humanismo’ no resiste el análisis. El colapso afecta la seguridad jurídica, la estabilidad laboral y la continuidad educativa. Son focos de una agenda política que usa la llamada autonomía para evadir responsabilidades reales.
¿Qué viene después?
Si no se enfrenta esta realidad, veremos más desintegración familiar y social. La reconstrucción del sistema universitario venezolano es una tarea urgente, que exige romper con relatos vacíos y enfrentar problemas concretos: financiamiento, gestión transparente y responsabilidad estatal. Mi llamado es a restaurar la dignidad —no solo de las universidades— sino de las personas que dependen de ellas, incluyendo padres e hijas que hoy continúan dispersos.
Reunirme con mis hijas en esta ciudad mítica va más allá del reencuentro: es exigir verdad, justicia y reparación. No es un capricho ni un premio conmovedor, sino una necesidad humana y política que los discursos dominantes prefieren silenciar.