La tutela estadounidense que perpetúa la miseria en Venezuela
Una nueva tutela, un viejo fracaso
Venezuela no cambió. El poder sigue en las mismas manos y la pobreza crece bajo una máscara diferente.
El chavismo inicial dejó un país empobrecido. Maduro pulió esa estructura. Hoy, bajo la administración de Delcy Rodríguez, esa miseria es sostenida por una «tutela» estadounidense que no quiere mostrar sus verdaderos resultados.
Promesas sin impacto real
Se negocian licencias petroleras y se hablan de inversiones millonarias, pero en la calle persisten salarios miserables, una inflación implacable y servicios básicos colapsados.
El riesgo es claro: Estados Unidos, que se presenta como garante de una transición, puede convertirse en parte del fracaso. Si la pobreza no cede y la represión continúa, el pueblo no verá a estos actores como salvadores, sino como cómplices del sistema.
Un involucramiento que no cambia el fondo
Estados Unidos relaja sanciones y abre la puerta a inversiones privadas. Pero sin una institucionalidad democrática real, esos recursos no llegarán a transformar la vida cotidiana.
Hoy la dictadura permanece. La represión no solo sigue, sino que se recicla bajo un nuevo auspicio externo.
¿Qué futuro nos espera?
Con presos políticos, torturas y un aparato de control intacto, la «transición» es una fachada. Los grandes negocios petroleros no se traducen en mejoras para la mayoría.
La esperanza está puesta en figuras como María Corina Machado, quien concentra un apoyo popular que ni el chavismo ni los intereses foráneos han logrado capturar. Neutralizarla significaría fracturar la credibilidad tanto de la oposición como de quienes se presentan como tutores del futuro venezolano.
Un verdadero cambio exige romper el ciclo de pobreza y abuso, no enroques ni contratos disfrazados de progreso.
Lo que no se dice sobre esta crisis
- Los venezolanos agotan sus ahorros solo para sobrevivir. El salario mínimo es de menos de 30 centavos de dólar, mientras la cesta alimentaria supera los 600 dólares.
- Los comercios ajustan precios a diario, sobreviven vendiendo a pérdida y la informalidad crece sin control.
- La represión continúa con más de 500 presos políticos, pese a amnistías y discursos de cambio.
- La falta de crédito hunde a empresas y consumidores en una economía que solo permite pagos al contado para quienes disponen de dólares.
- El sistema financiero retiene fondos, impide préstamos y congela el crecimiento económico real.
¿A quién favorece realmente esta tutela?
La estrategia estadounidense vertical no está funcionando. Ignorar la participación ciudadana y la dinámica local solo profundizará la crisis.
Venezuela no es Irak. Aquí no hay riesgo de guerra civil, sino un pueblo que anhela cambio real, capaz de desplazar a los represores con apoyo popular.
Permitir que los mismos actores que generaron la crisis sigan en control sería condenar al país a más pobreza y represión, esta vez con socios extranjeros que cargarán con parte de la responsabilidad.