La Lección Olvidada de Gómez: Venezuela y EE.UU. entre Deuda y Control
Cuando Venezuela pagó toda su deuda externa y forjó estabilidad con EE.UU.
Entre 1908 y 1936, la diplomacia venezolana en Washington no fue un simple tráfico de cortesías. Fue un engranaje clave del poder autoritario de Juan Vicente Gómez. Más allá de discursos, prevaleció la férrea disciplina política, el pago puntual de la deuda externa y el uso estratégico del petróleo para mantener una relación marcada por una evidente desigualdad y pragmatismo.
El giro decisivo y la diplomacia subordinada
En 1908, EE.UU. rompió relaciones diplomáticas con Venezuela; seis días después, Caracas retiró su representación. Nicolás Veloz Goiticoa mantuvo un mínimo contacto institucional hasta el restablecimiento formal en 1909. Pero ojo: la representación fue una legación, no una embajada, y sus jefes de misión tuvieron el rango de ministros plenipotenciarios, reflejando una relación donde la autoridad venezolana se contenía tras el telón del poder centralizado en Gómez.
La diplomacia gomecista no fue de afinidades ideológicas, sino de interés. EE.UU. necesitaba estabilidad energética en el Caribe. Venezuela requería reconocimiento y capital. Así, Pedro Ezequiel Rojas, Santos Dominici, Pedro Arcaya y otros sostuvieron una política de estabilidad prudente que garantizaba inversiones.
El pago total de la deuda: un golpe olvidado
En 1930, Gómez usó los ingresos petroleros para cancelar la totalidad de la deuda externa venezolana, unos 225,5 millones de bolívares desde 1909. Este hecho raro convirtió a Venezuela en uno de los pocos países sin deuda externa formal en plena Gran Depresión. Mientras Europa y Latinoamérica luchaban con sus obligaciones financieras, Venezuela emergió atractiva para los capitales estadounidenses.
Pero esta estabilidad económica se pagó con la concentración del poder autoritario. Un diplomático, Esteban Gil Borges, fue sancionado y relevado por omitir al dictador en un discurso clave, una muestra palpable del control político sobre la diplomacia, donde la autoridad no admitía fisuras.
¿Qué cambió y qué se perdió desde entonces?
Tras Gómez, la relación con EE.UU. mantuvo una base pragmática pese a altibajos, hasta que las administraciones de Chávez y Maduro dinamitaron el modelo con retórica antiestadounidense, expropiaciones y alianzas con potencias adversas a Washington. Hoy tenemos sanciones, rupturas diplomáticas y un nivel de desconfianza que eclipsan la interlocución previa.
El contraste exponencial revela una lección olvidada: la relación con EE.UU. no se mueve por afinidades o retórica, sino por intereses económicos y estabilidad institucional. La diplomacia debe ser una herramienta para sostener la Nación, no un escenario de luchas ideológicas que sacrifican la gobernabilidad y la proyección internacional.
¿Puede Venezuela repensar su política exterior sin repetir viejos errores?
La historia prueba que la bilateralidad siempre fue desigual. Pero mientras en la era Gómez la estabilidad se construía sobre orden interno y pragmatismo, hoy la política exterior ideológica corta canales necesarios para la negociación. Venezuela enfrenta un desafío urgente: recuperar una diplomacia que apueste a la estabilidad económica y la institucionalidad, sin la sombra del personalismo ni las rupturas ideológicas.
¿Será posible reconstruir esa base firme o repetiremos la historia del control autoritario con ruptura total?