La farsa electoral no resolverá la usurpación del poder en Venezuela
Venezuela no enfrenta un simple cambio de gobierno
La usurpación del poder es más grave que un fraude electoral. Durante casi tres décadas, el Estado ha dejado de proteger al ciudadano para someterlo y perseguirlo. Ya no es cuestión de quién gobierna, sino si el poder conserva alguna base legítima.
¿Por qué importa esto más que nunca?
Porque esa legitimidad desaparecida no se recupera con elecciones bajo las estructuras contaminadas que crearon la crisis. La verdadera solución pasa por reconocer los actos fundacionales: esos puntos jurídicos donde la soberanía ciudadana sigue viva, aunque los edificios estén ocupados por quienes controlan el poder de facto.
El 16 de julio de 2017, la designación de un Tribunal Supremo de Justicia legítimo fue un golpe contra la usurpación. Más allá del exilio y la persecución, esa instancia sigue siendo el ancla legal que impide aceptar la dictadura como normalidad.
En 2024, otra acto fundacional se confirmó con la elección de un presidente legítimo: Edmundo González Urrutia. Su reconocimiento no depende de la aceptación del régimen usurpador, sino de la voluntad expresa de los ciudadanos.
¿Qué sucede si ignoramos estos hechos?
Ignorar los actos fundacionales significa avalar que la dictadura creó un nuevo orden legal. Eso no es transición ni democracia, es perpetuar la arbitrariedad y el sometimiento.
El falso debate sobre elecciones libres dentro de la estructura actual no pasa de ser una maniobra. El verdadero cambio exige un periodo de transición, basado en la legitimidad recuperada, que convoque a una asamblea constituyente técnica y no ideológica, para crear nuevas reglas claras y límites efectivos al poder.
Solo tras este paso esencial será posible una elección auténtica, donde la soberanía popular no sea condicionada por el miedo o la coacción armada.
¿Qué sigue para Venezuela?
- La salida definitiva del régimen usurpador abrirá un vacío de poder legítimo.
- Solo desde el mandato constitucional sobreviviente y el presidente electo se podrá reconstruir un Estado de derecho.
- La transición debe ser breve, clara y orientada a restaurar la justicia y la institucionalidad.
- Finalmente, elecciones libres que no repitan la ilusión de cambio sin cambio.
El momento exige dejar de lado la esperanza vacía y encarar la realidad con intención de restablecer la verdadera soberanía. El futuro de Venezuela dependerá de aceptar que su república no murió, solo fue desplazada, y que su rescate comienza en reconocer la continuidad legítima que los actos fundacionales representan.