El régimen reconfigurado que nadie quiere ver
El nuevo viejo régimen que pretende naturalizarse
En plena madrugada, la preocupación se vuelve concreta: este régimen que asegura ser una transición es, en realidad, la misma dictadura de siempre, ahora bajo la gestión de los hermanos Rodríguez y el control implícito de Estados Unidos.
La retórica chavista quedó en el pasado, pero la falta de democracia y libertad sigue siendo la regla. Lo que hay hoy no es cambio, sino un autoritarismo maquillado.
¿Por qué este escenario es peor de lo que parece?
El poder ha renunciado a resolver los problemas reales. La crisis eléctrica es el ejemplo más claro: mientras Maduro inventaba chivos expiatorios absurdos, Delcy Rodríguez se atreve a culpar a los rayos solares, sin asumir responsabilidades ni buscar soluciones. La incapacidad se ha vuelto burla oficial.
La estrategia del modelo Trump-Rubio solo protege la continuidad autoritaria, priorizando el control económico –especialmente sobre energía y minería– y frenando cualquier avance democrático real.
¿Qué consecuencias trae esta falsa transición?
- Una dictadura que cambió de rostro pero no de prácticas.
- La debilitación del Estado y las instituciones, aumentando el abandono y la inseguridad para todos los ciudadanos.
- Una oposición fragmentada que no logra construir un liderazgo claro ni una estrategia efectiva.
¿Qué viene después si seguimos en esta dinámica?
La prolongación del autoritarismo, donde los ciudadanos serán siempre espectadores de una disputa de poder que no les representa ni protege sus derechos. La falta de justicia por crímenes pasados y la narrativa perversa de un «perdón» compartido solo profundiza la fractura social.
La verdadera transición depende de que los venezolanos recuperen el protagonismo y exijan democracia y responsabilidad real. Sin eso, el país seguirá atrapado en esta sombra alargada que ya lleva 27 años.