El buenismo: la estrategia oculta que paraliza la política real
El disfraz de la moderación que paraliza el cambio
No toda moderación nace de la prudencia; muchas veces es puro cálculo para evitar el conflicto. Ese tipo de «sensatez» ya no busca resolver problemas, sino ocultarlos bajo la apariencia de diálogo y buen clima. A este fenómeno se le puede llamar buenismo funcional.
No es compasión ni benevolencia. Es preferir el margen del problema, evitar el núcleo, sustituir decisiones por gestos simbólicos. El buenismo reconoce las dificultades, incluso las nombra, pero las neutraliza desviando la mirada hacia temas accesorios y debatibles. Su ventaja es clara: no genera enemigos inmediatos. Su precio: no mueve nada.
Una herramienta cómoda que evita el costo real del poder
Este buenismo no fracasa por error. Fracasa porque está diseñado para ser cómodo. Permite ocupar el espacio público sin asumir el costo que implica enfrentarse a causas profundas. Cambia la responsabilidad por relatos vacíos, la gestión de crisis por administración de malestares. Su técnica central: cambiar el plano del problema.
- Cuando hay crisis de legitimidad, se habla de recursos.
- Cuando las instituciones se debilitan, se invoca la convivencia.
- Cuando se cometen errores, se resaltan las buenas intenciones.
El daño no está en estas cuestiones; está en que se conviertan en coartada para no actuar. Cuando lo accesorio reemplaza a lo esencial, la política queda atrapada en el inacción.
Un ejemplo claro que no conviene ignorar
Recientemente, la máxima autoridad judicial denunció la falta de jueces y la carga excesiva de trabajo. Pero el foco se desvió del problema central: la deslegitimación sistemática del juez como autoridad imparcial y la banalización política de la acusación de prevaricación. No mencionar esa erosión colectiva es un acto político en sí mismo, que normaliza el deterioro institucional.
Este patrón no es aislado ni exclusivo del poder judicial. Se replica en:
- La inmigración reducida a mera cuestión moral.
- La corrupción convertida en problema de percepción.
- El deterioro de las instituciones envuelto en lenguaje terapéutico.
- Las empresas que evitan decisiones complejas con códigos de conducta superficiales.
Las instituciones que adoptan este método no fracasan de golpe, sino que diluyen su función y facilitan la consolidación de la crisis. El poder pierde responsabilidad y pasa a ser solo decoración.
Rechazar el buenismo no es promover confrontación
Es vital aclarar: señalar esta deriva no es promover violencia ni polarización. La firmeza no es brutalidad. Nombrar un problema es el primer paso para solucionarlo. Sin embargo, esa distinción se ha convertido en un argumento para la inmovilidad.
El buenismo no impone pero desgasta. No prohíbe pero deslegitima. Erosiona la responsabilidad hasta hacer que exigirla parezca un acto grosero.
Las sociedades no solo se fracturan por exceso de debate, sino por silencios calculados, diagnósticos sesgados y palabras vacías que nunca llegan al centro del problema.
Lo urgente que nadie quiere decir
Decir lo realmente importante, aunque incomode, no es violencia ni provocación. Es la obligación mínima del poder y una exigencia elemental de la ciudadanía. Lo contrario, callar por conveniencia y hablar solo de lo fácil, no es prudencia sino renuncia con educación.