Cuando el conflicto reemplaza a la gestión: la política que divide y fragiliza

La política ya no busca soluciones, apuesta al conflicto

Cuando un gobernante sube el tono deliberadamente no es por descontrol, sino por estrategia: estrechar márgenes, polarizar y hacer del conflicto el centro del debate público.

Esta realidad se evidencia en el enfrentamiento directo con grandes plataformas tecnológicas, que ya no se plantea en términos de regulación ni competencia, sino como un choque de poder que exige «toda la fuerza del Estado».

Esto no es retórica vacía. Es una apuesta clara a que confrontar radicalmente al adversario político crea un tablero binario sin espacios para el diálogo ni el consenso. Bruselas ya recordó que cualquier regulación debe ser europea, no unilateral, desarmando los intentos nacionales de imponer medidas discontinuas.

¿Una táctica pensada para ensanchar divisiones?

En Francia llaman a esto la politique du pire: llevar el conflicto al límite para empujar un escenario extremo y forzar a la sociedad a tomar partido. No es improvisación, sino respuesta a mandatos con mayorías menguantes y la imposibilidad de negociar acuerdos.

Esta decisión política transforma la función del Estado. De árbitro neutral pasa a actor enfrentado, midiendo autoridad en la intensidad del choque y no en la coherencia institucional.

Regulación sí, pero sin perder el foco legal e institucional

Las grandes plataformas requieren reglas claras y coordinadas, especialmente para proteger a menores frente a contenidos dañinos. Pero el camino unilateral y la escalada de confrontación amenazan el marco legal europeo y el funcionamiento del mercado interior.

Peor aún, el debate se desliza hacia la criminalización y la ampliación del control estatal bajo discursos que mezclan «protección» con «vigilancia». ¿Libertad digital o control arbitrario disfrazado? La línea está diluida, y eso genera riesgos institucionales serios.

La paradoja de la comunicación digital

Se acusa a las redes de ser tóxicas y, sin embargo, son el canal político principal. Esta contradicción debilita cualquier reclamo serio de soberanía tecnológica y evidencia el uso instrumental del conflicto.

¿Qué implica esta estrategia?

  • Menos margen para gobernar mañana.
  • Instituciones erosionadas.
  • Una sociedad polarizada donde el choque sustituye al diálogo.

El conflicto como método no refleja fortaleza sino debilidad. En un escenario político dividido y con sondeos adversos, los retos no buscan resolver, sino marcar territorio. La pregunta es:

¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar el Estado de derecho y la gestión responsable por ganar batallas momentáneas?

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