Cuando bombardean Caracas y vas a nadar: la extraña normalidad venezolana
El bombardeo que no detuvo la vida cotidiana
Caracas fue sacudida por la Operation Absolute Resolve. Sin embargo, en medio del caos, la vida siguió de forma casi surrealista: por la tarde, alguien pudo ir tranquilamente a nadar. ¿Cómo explicar esta mezcla de violencia y normalidad?
Una película y un país en conflicto
La reflexión lleva a una historia lejana: Los siete samuráis, la obra maestra de Akira Kurosawa. En ella, guerreros protegen una aldea japonesa no por una causa grandiosa, sino porque la vida misma y el miedo común los une. No se trata de héroes épicos, sino de la lucha necesaria para una supervivencia mínima.
Esta lógica resuena hoy en Venezuela, donde la población ansía liberarse de sus verdaderos bandidos: un régimen que ha desterrado la soberanía y entregado el país a la sombra del crimen y el oportunismo.
Entre el temor y la desconfianza
Como en aquella aldea que grita “Hemos nacido para sufrir, mansos, de rodillas”, muchos venezolanos sienten que la opresión es su destino. Temen tanto a los tiranos que controlan desde el poder como a cualquier fuerza que prometa cambio, pues la violencia y la traición parecen acechar siempre.
La pregunta es inquietante: ¿a quién se puede confiar cuando todos amenazan? Tras décadas de abandono y miedo, la desconfianza se ha arraigado profundamente. No es solo la lucha por la libertad, sino cómo enfrentar la constante amenaza sin perder la vida en el intento.
La rutina como refugio
Kurosawa muestra que, pese a la guerra, la gente busca aferrarse a lo cotidiano para sentir que la vida continúa. Algo parecido ocurre en Venezuela, donde la «normalidad» es adaptarse a lo inaudito.
Un ejemplo estremecedor está en la misma violencia política: presos que apenas salen, otras víctimas que permanecen invisibles, y una población que debe fingir alegría ante cada mínimo respiro, aunque sea fruto de un trato con sus carceleros.
Lo que viene después
El fin de la película de Kurosawa es sombrío: los samuráis pierden, pero los campesinos ganan. ¿Qué pasará si la realidad venezolana invierte esta lección? La pregunta queda abierta, mientras la violencia y la incertidumbre aún gobiernan la cotidianidad.
En un país donde lo imposible se normaliza, la verdadera batalla está por definir qué queda de libertad y humanidad.