Ciudad Guayana: Ríos llenos, casas secas. ¿Dónde está el agua?

Ciudad rodeada de agua, pero sin acceso para sus habitantes

En Ciudad Guayana, abrir el grifo se ha vuelto una prueba de azar. Más de 20 comunidades viven sin agua diaria, a pesar de estar bordeadas por ríos caudalosos.

El drama detrás de la paradoja

La hidrológica estatal, ahora bajo control nacional, no logra abastecer a las parroquias. Familias con adultos mayores, niños y embarazadas sufren cortes que se extienden por semanas o meses. En Caujaro, el agua llega solo 4 o 5 horas al día; en otras comunidades, menos.

“Me he desmayado cargando baldes antes del amanecer”, describe Nancy Romero, adulta mayor con problemas de salud agravados por la falta del recurso esencial.

Jesús Dávila, líder comunal, denuncia que el servicio fue peor en 2026: de 10 horas diarias pasó a apenas 2 o 3. Muchos deben comprar agua o depender de cisternas.

Abundancia mal gestionada: el verdadero fallo

El ingeniero Simón Yegres aclara una verdad incómoda: Ciudad Guayana tiene capacidad para suministrar el doble del agua que necesita. Cuatro acueductos cubren aproximadamente un millón de habitantes, con potencial para 522 millones de litros diarios, cuando la demanda real son 200 millones.

¿Por qué el desabastecimiento? Simple: mantenimiento nulo, bombas fuera de servicio (56% inoperativas), fugas sin reparar y corrupción que drena lo poco que funciona.

Una violación flagrante a derechos elementales

Carmen Ravelo, experta en recursos hídricos, llama esto “la paradoja de la abundancia”. Pese a contar con grandes fuentes de agua, el Estado no cumple su obligación de asegurar acceso universal y continuo.

Esta falla no solo afecta calidad de vida; es una violación a acuerdos internacionales que establecen el agua potable como derecho fundamental.

El reclamo urgente de la comunidad

Habitantes como José Herrera exigen una declaración de emergencia: “El agua me llega a duras penas media hora al día, si me quedo sin ella, tengo que ir a la casa de un familiar”.

Los llamados a Hidrobolívar, la gobernación y alcaldía son claros: si las autoridades no están a la altura, deben ceder su lugar. La falta de respuesta pone en riesgo la salud y dignidad de miles.

¿Qué viene ahora?

Sin inversión, mantenimiento e intervención real, la crisis se profundizará. El negocio de la escasez crece y las familias seguirán pagando el precio. Queda claro que el problema no es la falta de agua, sino la decisión política de no gestionar un recurso vital.

Las madrugadas deberían ser para descansar, no para cargar baldes. ¿Cuántos derechos más están en juego mientras la ciudad se seca por dentro?

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