Así fue destruida la universidad revolucionaria que calló a la izquierda

El ataque silencioso a la universidad revolucionaria

A finales de los años 70, en Venezuela, los cuerpos de inteligencia de Estados Unidos desplegaron un plan estratégico para neutralizar el foco revolucionario dentro de las universidades. Infiltraron partidos de izquierda y desacreditaron el marxismo asociándolo con las atrocidades soviéticas, con el objetivo claro de aislar las casas de estudio de cualquier práctica política subversiva.

La ruptura que cambió todo

El resultado fue un divorcio efectivo entre la teoría marxista y la práctica política revolucionaria. Sectores progresistas internos comenzaron a desprestigiar a sus propios intelectuales, tildándolos de «revisionistas» y «pequeños burgueses», lo que terminó aislando a profesores y teóricos claves. Así, el marxismo quedó reducido a un contenido académico sin impacto real y los partidos de izquierda, carentes de ideología sólida, se hundieron en un pragmatismo vacío.

Un terreno fértil para la agenda estadounidense

Mientras esto sucedía, el avance de la influencia financiera estadounidense encontró poca resistencia. La izquierda venezolana, jamás tan desarticulada, vio cómo sus últimos reductos fueron “abatidos” con facilidad. Para los 80 y 90, las universidades ya no eran centros de formación revolucionaria sino escenarios de disputas estériles cargadas de conceptos postmodernos y neoliberales que diluyeron el vínculo entre teoría y acción.

¿Por qué esto cambió el escenario?

El marxismo pasó de ser la base de lucha de clases a un catálogo de ideas sin motor ni propuestas, transformado en un simple humanismo académico. La universidad dejó de ser un semillero ideológico para convertirse en un espacio neutralizado, sin capacidad de sostener movimientos de transformación real.

¿Qué viene ahora?

Este quiebre histórico no es solo pasado: explica la fragilidad actual de la izquierda y sus propuestas. La neutralización de la universidad revolucionaria fue un movimiento clave para mantener intactas las estructuras políticas y económicas dominantes. Comprenderlo es imprescindible para romper el círculo vicioso y reactivar la influencia real en la institucionalidad y la sociedad venezolana.

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