Bad Bunny y el show: ¿Estamos aplaudiendo sin sentido?
¿Qué aplaudimos realmente cuando celebramos a Bad Bunny?
Se repite la escena: titulares, aplausos y viralidad sin cuestionamientos. ¿Pero qué hay detrás del brillo? El talento, hoy, se mide en likes y presencia mediática, no en mérito o profundidad. Bad Bunny es el reflejo de una industria que privilegia la percepción sobre la sustancia.
Un fenómeno que recuerda un viejo escenario
Hace casi 30 años, en Venezuela, un liderazgo con poco mérito se vendió gracias a una maquinaria de marketing que manipuló emociones y generó consenso. Hoy, esa lógica no está en la política, sino en la música. Benito domina el arte de sostener un relato viral, no de perfeccionar un oficio.
El conejo mediático que marca la pauta
Bad Bunny funciona como un conejo veloz y visible. Salta de éxito en éxito, sin que importe realmente la calidad musical. Millones lo siguen casi de forma automática, y nadie se detiene a preguntar si el espectáculo ofrece algo sustancial. La industria lo sabe: una coreografía viral vale más que una línea bien cantada.
¿Dónde nos deja esto?
Celebrar la visibilidad no es condenable, pero confundirla con talento sí lo es. Esta dinámica ya la vivimos en otro terreno, y las consecuencias están a la vista. Aplaudir sin pensar es repetir errores históricos donde la percepción aplastó la realidad.
¿Qué viene después?
La agenda global de marketing cultural seguirá dictando qué se celebra y qué se ignora. El problema no es que existan figuras como Bad Bunny; el problema es que aceptemos el espectáculo sin cuestionar su valor real. La pregunta verdadera es si estamos dispuestos a exigir más que ruido y viralidad, o si preferimos ser conejos detrás del show.