¿Por qué la salida de Maduro no significó nada?
En 1976, España atravesaba su propia transición con riesgos y decisiones audaces. Un presidente venezolano llevaba en secreto a un líder político ilegalizado para que regresara a casa. Fue un gesto que anticipó un cambio real, con la corona y el poder franquista dispuesto a ceder y apostar a un consenso nacional de verdad.
Lo que ocurrió en España es bien distinto a lo que vemos hoy en Venezuela. Tras la captura temporal de Nicolás Maduro el 3 de enero, nada esencial cambió. Sus cómplices más cercanos, los hermanos Rodríguez, permanecen al mando sin disimulo y sin intención alguna de una apertura política genuina.
El régimen no busca reconciliación, sólo sobrevivir
- La idea de una «convivencia» con el chavismo es una ilusión peligrosa.
- El poder sigue secuestrado por un grupo que regula quién puede hacer política, no reconoce derechos fundamentales y no piensa abandonar su control.
- Los intentos de cambio han sido bloqueados desde dentro con una supervivencia calculada.
El régimen acaba de dar una señal clara: no habrá concesiones reales. El ministro de Defensa pide excusas por la operación fallida, pero los que mandan mantienen el mismo guion autoritario y represivo.
¿Y ahora qué viene?
La transición no llegará por acuerdos blandos ni por esperar a que el chavismo reciba una «oportunidad» para hacer política. La voluntad popular, la soberanía verdadera, no se negocia con quienes han demostrado crueldad y control absoluto.
Es urgente que las fuerzas democráticas venezolanas salgan de la fragmentación. Deben unirse en estrategias, plataformas y movilizaciones serias que reflejen el dolor y clamor de una mayoría cansada. Sin unidad, sin presión real, la dictadura seguirá disfrazada de ‘normalidad’.
Después del 3 de enero, el verdadero miedo ya no reside en los muros. Está en la falta de acción firme y coordinada de quienes pueden cambiar el rumbo.