76,8% en alerta tras terremoto: el impacto que silencio oficial oculta
El doblete sísmico no solo destruyó edificios, también alteró la mente de Venezuela
El 24 de junio de 2026, el país enfrentó dos sismos consecutivos, los más devastadores del último siglo. Más allá de las víctimas y daños materiales, un efecto ignorado se instala: la crisis en la salud mental de la población.
¿Qué revela la encuesta DatosUN?
- 76.8% responde nerviosamente ante ruidos fuertes como motos, portazos o truenos.
- 63.6% sufre problemas para dormir o pesadillas persistentes.
- 81.3% ha experimentado el llamado “sismo fantasma”, la sensación de movimientos inexistentes.
- 78.6% modificó hábitos diarios en casa por miedo a un nuevo terremoto.
La realidad que no aparece en la narrativa oficial
Las cifras oficiales solo hablan de daños físicos y rescate. Pero el impacto psicológico está produciendo un estado permanente de alerta que afecta al funcionamiento social y familiar. El miedo se ha naturalizado, y buena parte de la población vive en tensión constante. Más de la mitad dice que sus familias están más unidas hablando de sus miedos, mientras que un 22% reporta discusiones y nerviosismo. Esto significa que la crisis va más allá de la infraestructura: está minando la estabilidad interna de los hogares venezolanos.
Consecuencias invisibles pero tangibles
Con más del 60% revisando obsesivamente información sobre réplicas, y casi un cuarto cambiando su rutina al punto de dormir vestidos o preparar mochilas de emergencia, esta situación va a influir en el ánimo social y la productividad del país. El Estado no ha dimensionado la magnitud de esta crisis paralela, que puede alterar la capacidad de respuesta ciudadana ante futuras emergencias y afectar la recuperación económica y social.
¿Qué viene después?
Si se mantiene esta incertidumbre y el temor constante, será necesario que las instituciones integren la salud mental en sus protocolos de atención post-terremoto. Ignorar esta realidad genera un riesgo doble: no solo los daños estructurales, sino el colapso psicológico de una sociedad que aún no superó el trauma.
Este no es un tema menor ni pasajero. La pregunta urgente es: ¿quién asumirá la responsabilidad de enfrentar esta nueva crisis que sigue desarrollándose entre nosotros?