Barrios aguantan terremotos donde se caen los edificios «formales»: ¿qué no te cuentan?
¿Por qué los barrios resisten lo que no soporta la ciudad oficial?
El doble terremoto del 24 de junio dejó una cifra impactante: 189 edificios colapsados en La Guaira, 8 en Caracas, y más de 774 estructuras gravemente dañadas. Según el Gobierno, más de 12.800 personas perdieron sus hogares. Pero aquí hay un dato que no cuadra: menos del 1.5% de las viviendas en los barrios populares de Caracas sufrieron daños graves.
¿Cómo es posible que construcciones informales, hechas sin supervisión técnica, resistieran mejor el sismo que edificios privados y residenciales de lujo? La explicación no es milagrosa. Es científica y rompe con los prejuicios sobre la vulnerabilidad urbana.
Geología contra cemento: la clave está en el suelo y la estructura
Feliciano de Santis, presidente de la Sociedad Venezolana de Geólogos, advierte que el colapso depende de múltiples factores. El secreto de la resistencia de los ranchos en los cerros está en el tipo de terreno y la interacción con las ondas sísmicas.
El suelo rocoso de las montañas actúa como amortiguador para las construcciones ligeras y bajas que no acumulan energía destructiva. Mientras, los edificios altos en terreno sedimentario plano, como en la costa o el valle, sufrieron los efectos de resonancia que los derribaron.
La astucia de la autoconstrucción popular frente a la rigidez burocrática
El arquitecto Martín Padrón explica que en los barrios los constructores, en su mayoría albañiles experimentados, se adaptan a pendientes y aseguran sus viviendas anclándolas a la roca en la base. Contrario a las edificaciones planas y rígidas de la ciudad formal, estas viviendas flexibles «bailan» con el movimiento y evitan el colapso.
Además, en décadas de evolución, los barrios han consolidado sus estructuras sustituyendo materiales livianos por bloques y sistemas de soporte, siempre con reparaciones continuas que las mantienen a flote. Este dinamismo es inexistente en edificios formales sujetos a procesos burocráticos lentos y desactualizados.
¿La otra cara del fenómeno? Las lluvias y los riesgos invisibles
Un estudio de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA) en 2005 ya había descubierto esta paradoja: la flexibilidad protege ante sismos, pero expone a los barrios populares a riesgos extremos por lluvias torrenciales y flujos de escombros. Construidos en cauces y abanicos aluviales, estos asentamientos son vulnerables a derrumbes y desastres inundables que no suelen considerar las agendas oficiales.
¿Qué significa todo esto para la gestión urbana?
El desastre revela la falta de entendimiento real sobre la interacción entre geología, urbanismo y construcción. La ciudad formal, anclada en modelos rígidos y terrenos sedimentos, está más expuesta a sismos que los sectores informales, que aunque precarios, muestran resiliencia estructural.
Esto obliga a repensar la gestión del riesgo, no solo desde normas técnicas sino entendiendo las dinámicas geológicas y comunitarias. La verdadera seguridad no está en la apariencia de la infraestructura, sino en cómo se adapta a la naturaleza del terreno.
¿Estamos dispuestos a cuestionar la narrativa oficial antes de que la próxima tragedia evidencie la misma ignorancia?