Tren de Aragua: La marca del fracaso chavista que nadie quiere enfrentar

La muerte de un capo que desnuda un problema mayor

Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias Niño Guerrero, máximo jefe del Tren de Aragua, fue abatido en una operación en el estado Bolívar. Este golpe letal no solo elimina a un criminal, sino que revela la profundidad del fracaso institucional que persiste desde hace más de 27 años bajo el chavismo.

El Tren de Aragua, más que una banda: la metáfora perfecta

Edmundo González Urrutia, presidente electo y oriundo de Aragua, definió a la organización como el reflejo exacto de los años perdidos en Venezuela. Esta banda no solo aprovechó la debilidad del Estado; nació y creció gracias al régimen que permitió que el crimen organizado se apoderara del país.

González señala que el nombre de la entidad es motivo de dolor, porque la delincuencia tomó para sí el gentilicio. Pero el problema es más profundo. Como documenta la periodista Ronna Rísquez en su libro «El Tren de Aragua: la banda que revoluciona el crimen organizado en América Latina», esta organización es un producto directo de la anarquía institucional que se instaló en Venezuela.

¿Qué cambia esta muerte en escena?

La operación, anunciada por Donald Trump, fue un golpe coordinado entre Estados Unidos y «sus amigos en Venezuela». El mensaje es claro: el Tren de Aragua ya no tiene refugio seguro. Pero esto también señala que solo con cooperación internacional se pueden enfrentar estas redes criminales, mientras el régimen sigue ausente o presuntamente cómplice.

¿Y ahora qué?

Es solo el primer paso. El tema trasciende símbolos o batallas puntuales. La pregunta real es: ¿Va el próximo gobierno a romper con las estructuras que permiten que estas bandas florezcan? ¿O seguiremos pagando el costo de una institucionalidad derrumbada, que convierte a Venezuela en tierra fértil para el crimen organizado?

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