El espejismo de la transición venezolana
La explosión de esperanza tras el 11 de abril de 2002 ya es solo un recuerdo. Hoy, tras más de 100 días desde los últimos cambios, la tranquilidad del poder es inquietante: todo parece controlado y nada realmente cambió.
Lo que nadie quiere admitir
Humberto García Larralde lo resume claramente: estamos en un limbo institucional donde la llamada “apertura” es fachada para un sistema que no cumple con las reglas de la democracia. Amnistías selectivas, jueces politizados y figuras claves como Larry Devoe y Gustavo Gómez López mantienen intacta la estructura represiva.
Los cambios de cargos, como Vladmir Padrino López al Ministerio de Agricultura, no son reformas: son reciclajes para sostener un modelo que controla las áreas estratégicas del país.
¿Y los presos políticos? Un teatro de impunidad
Centenares siguen presos o bajo medidas cautelares, mientras los jueces revisan casos sin garantía real. Casos como el del periodista Ramón Centeno muestran que años de prisión y sufrimiento no se recompensan ni se reconocen. La tan anunciada «reconciliación» no pasa de una palabra vacía.
¿Quién manda realmente? Y qué hay detrás
Maduro y Cilia no están en el centro, pero sus aliados mantienen el poder. Al mismo tiempo, la presión internacional crece, mientras desde Washington miran con desconfianza esta aparente “transición”.
¿Elecciones o engaño?
La oposición debe actuar ya: exigir elecciones libres, creíbles y con supervisión internacional antes del 3 de julio, fecha límite del gobierno interino. Esto no solo frenaría el control de los mismos actores, sino que podría desencadenar un cambio real.
Pero hay dudas: ¿Teme el poder que esto rompa su agenda disfrazada de “avanzo”? La única certeza es que el silencio y la pasividad garantizan el statu quo.
¿Y ahora qué?
“¡Elecciones ya!” debe ser más que un slogan: un reclamo nacional urgente que active a nuevas voces y fortalezca la oposición. Sin elección libre, el país seguirá atrapado en una farsa donde nada cambia y todos pierden.