El juego oculto tras la ‘transición’ venezolana: privilegios y represión bajo tutela extranjera
La ‘transición’ venezolana ya es otro engaño
Mientras el plan impuesto por Marco Rubio se enreda sin solución, los remanentes del chavismo se aferran a sus privilegios. El problema crece cuando Trump y su equipo están distraídos con su peligrosa estrategia contra Irán, que puede terminar erosionando la influencia estadounidense en el mundo.
Las mismas fuerzas que usaron la amenaza y el cálculo para dominar a sus rivales ahora buscan aprovechar la confusión para subir la apuesta. Lo peor: estos actores, aunque parezcan sometidos a EE.UU., siguen manteniendo el control real dentro de Venezuela.
¿Qué cambió realmente?
Creíamos en una transición decidida a la democracia, pero la realidad muestra otra cosa. El “nuevo” Ministerio de Defensa está en manos de un funcionario sancionado por delitos de derechos humanos. En Interior y Justicia, Diosdado Cabello sigue intacto con un premio millonario por su captura. La Fuerza Armada Nacional (FAN) no se reforma ni se democratiza; más bien, se adapta para proteger a la corporación criminal que aún domina.
¿Qué significa esto para Venezuela? Que no hay garantías reales para una institucionalidad constitucional auténtica; solo un aparato represivo sutil pero efectivo, diseñado para intimidar y evitar protestas que derriben el precario equilibrio entre la administración estadounidense y los Rodríguez.
¿Dónde queda la participación popular?
El plan de Rubio tiene una falla fatal: admite que los herederos del régimen sigan al mando, asegurando que nunca habrá espacio real para que el pueblo participe en la reconstrucción. Mientras tanto, la Ley de Amnistía se aplica con lentitud y discreción, bajo un sistema judicial que aún persigue y criminaliza a opositores.
Los presos políticos liberados son solo una pequeña muestra. La mayoría sigue atrapada entre procesos arbitrarios y juicios amañados. Esto siembra miedo y dudas sobre el acceso a la justicia, la libertad de expresión y la movilización ciudadana.
¿Un futuro de miedo y estancamiento?
Con esos poderes represivos sin limpiar, y sin un cambio profundo en las instituciones, no hay cómo recuperar la producción petrolera, los servicios públicos o la inversión. Sin certeza legal ni transparencia, nadie volverá ni apostará por Venezuela. La inflación devora a la gente, la inseguridad jurídica crece y los servicios colapsan sin respuesta.
Los responsables de esta perversión histórica son individuos concretos que siguen en el poder. Recuperar la soberanía implica elegir representantes legítimos y sanear todos los poderes del Estado. Para eso, elecciones libres, transparentes y supervisadas internacionalmente son indispensables.
¿Cómo evitar que se perpetúe el vacío de poder?
La Constitución es clara: sin un presidente legítimo deben convocarse elecciones en 30 días. Sin embargo, la Asamblea Nacional evade esta responsabilidad, mientras que los nuevos jefes políticos evitan confrontar a sus verdaderos amos.
El futuro democrático de Venezuela dependerá de la presión vigilante de la sociedad civil para que las reglas constitucionales se respeten y ningún grupo de poder intente prolongar esta farsa. La lucha no es solo política, es por la recuperación real del país.
¿Estamos dispuestos a permitir que los mismos corruptos y represores sigan decidiendo nuestro destino? La respuesta determinará si Venezuela logra salir del prolongado ciclo de opresión y estancamiento.