El misterio que el poder evita: ¿por qué siguen presos los policías metropolitanos?
Un caso que nadie se atreve a reabrir
¿Por qué los policías metropolitanos, sentenciados a 30 años tras los sucesos del 11 de abril de 2002, permanecen fuera de las excarcelaciones recientes, cuando fueron los primeros presos de este régimen? No es casualidad ni negligencia, sino una decisión que desvela algo mucho más profundo.
Más allá de una prisión: un símbolo incómodo
Este caso no solo es un expediente cerrado, sino una pieza clave en la estructura de impunidad que protege al poder actual. La condena no fue diseñada para impartir justicia, sino para crear un enemigo conveniente. Desde el arranque, los procesos estuvieron manchados por irregularidades, presión y violaciones al debido proceso, con la finalidad de exculpar al poder político y cargar la culpa a quienes no pudieron defenderse.
Liberarlos hoy significaría admitir que la justicia fue manipulada; que estas sentencias fueron decididas de antemano y que hubo un uso deliberado de la mentira estatal. Un gesto que nadie en el poder parece dispuesto a dar.
¿Por qué su caso no se toca?
- Reconocer su libertad sería reconocerlos como presos políticos.
- Impulsaría una revisión de otros casos emblemáticos.
- Desmontaría la narrativa oficial y cuestionaría la supuesta independencia judicial.
- Revelaría un uso del sistema como herramienta de castigo y no de justicia.
Un recuerdo que el régimen prefiere borrar
Los policías metropolitanos representan lo que el poder quiere ocultar: funcionarios que no acataron órdenes ilegales, instituciones que resistieron el autoritarismo y un instante en el tiempo donde aún existían límites que luego fueron derribados.
Su sola mención incomoda porque pone en evidencia que la represión no comenzó abiertamente, sino disfrazada bajo expedientes y sentencias manipuladas.
Mientras otros presos políticos salen…
Entre discursos de «reconciliación» y excarcelaciones selectivas, ellos siguen pagando un precio brutal: no están presos por lo que hicieron, sino por lo que significan.
Son la prueba viviente de que, en este país, la justicia no es igual para todos y que la lealtad al poder pesa más que la verdad.
Lo que está en juego
Este caso no es solo una deuda pendiente con los policías metropolitanos ni con sus familias. Es una deuda con la historia reciente. Mientras ellos sigan presos, cualquier discurso sobre justicia o derechos humanos seguirá siendo una fachada vacía.
El poder puede negociar la libertad de algunos. Pero hay presos cuya excarcelación desbarata todo el relato construido. Los policías metropolitanos son esa línea que el sistema no quiere cruzar.