¿Volvemos al ojo por ojo en la política internacional?

El retroceso en justicia internacional no es casualidad

Mientras el mundo cambia aceleradamente, la comunidad internacional renuncia a ejercer su papel clave en sancionar crímenes y proteger derechos básicos. El resultado: un patrón de castigo colectivo, injusto y primitivo, que recuerda a la regla del ojo por ojo, diente por diente.

La justicia internacional, desplazada por el poder y la economía

Desde la caída del orden basado en la igualdad soberana tras la Primera Guerra Mundial, y con Estados Unidos imponiendo una lógica económica sobre la política, el sistema jurídico internacional quedó en crisis. Europa sobrevive bajo ayuda financiera, pero las potencias dominantes eligen cuándo y a quién aplicar justicia, privilegiando sus intereses y dejando fuera la responsabilidad real.

Ejemplos claros hay muchos: la Corte Penal Internacional, creada para salvaguardar la paz y castigar crímenes internacionales, es sistemáticamente ignorada o bloqueada cuando los implicados son grandes actores globales. Los casos de Ucrania y Venezuela evidencian cómo las sanciones y responsabilidades se diluyen en negociaciones políticas y económicas.

¿Qué pasa cuando los grandes estados escapan a la ley?

El Consejo de Seguridad de la ONU, con sus miembros permanentes repartiendo poder y bloqueo, ha demostrado incapacidad para actuar frente a crímenes internacionales. Ni siquiera tragedias reconocidas, como el genocidio de Ruanda o la pandemia global iniciada en Wuhan, han generado procesos reales de rendición de cuentas o reparación.

Este blindaje institucional alimenta una lógica peligrosa: si la justicia no es imparcial ni efectiva, los países empiezan a aplicar por sí mismos castigos y represalias, de forma arbitraria y colectiva, sin control ni garantías. El avance hacia una justicia primitiva es claro.

¿Qué riesgo se avecina si seguimos ignorando este problema?

La farsa de la responsabilidad internacional abre la puerta a un mundo donde los daños causados por Estados o grupos poderosos se compensan solo con dinero o represalias directas. Esto erosiona el respeto a las instituciones, aumenta la inseguridad global y fortalece el caos.

El dilema es sencillo: o recuperamos una justicia internacional efectiva, guiada por la ley y la responsabilidad individual, o el monopolio de la violencia y la arbitrariedad se dispersará, con consecuencias devastadoras en la paz y la estabilidad mundial.

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