Paciencia venezolana: la orden que hundió a un país en la crisis
Paciencia: la excusa constante del desastre chavista
El 5 de febrero de 2003 marcó el inicio de una década perdida: Chávez instauró Cadivi y un control de cambio que condicionó toda la economía venezolana. Al día siguiente pidió «calma y comprensión» mientras el Estado monopolizaba el acceso a dólares. La medida, supuestamente temporal, duró mucho más y abrió las puertas al mayor sistema de corrupción y arbitraje de Venezuela.
En 2010, tras una fuerte devaluación, Chávez volvió a pedir «paciencia» prometiendo ordenar la economía. El resultado: inflación desbocada y salarios sin valor real. Más tarde, bajo Maduro, las colas para comprar en supermercados y farmacias se volvieron cotidianas. La excusa oficial fue la «guerra económica», acompañada de inspecciones y ocupaciones que no resolvieron nada.
En los años siguientes, el régimen usó la misma estrategia: anuncios repentinos (retiro de billetes, reconversiones monetarias) y peticiones repetidas de «comprensión y paciencia», mientras la inflación y la escasez destrozaban el poder adquisitivo y la vida diaria.
¿Por qué esto cambia el escenario?
La palabra «paciencia» no fue un llamado a la democracia ni al diálogo. Fue un mandato para aceptar el deterioro y la penuria sin protestar, bajo la amenaza implícita de persecución o violencia desde estructuras oficiales. Así, se impuso el silencio mientras el país se hundía sin freno.
Este mismo llamado a la paciencia reaparece ahora, incluso desde actores externos como Donald Trump, quien según filtraciones recomienda esperar en medio de una «delicada transición» que nadie ve clarificada. El problema real es que el poder chavista sigue intacto, las instituciones siguen en manos del régimen y no hay fechas ni condiciones claras para elecciones libres.
¿Qué viene después?
El régimen sigue acumulando impunidad: presos políticos sin libertades reales, propiedades confiscadas y familias abandonadas a su suerte. Mientras tanto, la economía no mejora, los salarios son miserables y los servicios públicos siguen colapsados. La espera no tiene horizonte, y la «paciencia» se convierte en sinónimo de resignación forzada.
Sin compromisos claros ni justicia, la orden de «paciencia» sólo prolonga el sufrimiento y fortalece al entramado corrupto. Venezuela no necesita silencio ni treguas; necesita acción efectiva para reconstruir instituciones, garantizar legalidad y recuperar la dignidad de sus ciudadanos.