Venezuela: De narcoestado condenado a socio estratégico inesperado
Washington cambia el discurso hacia Venezuela sin absolver al régimen criminal
Durante años, Venezuela fue definida por Estados Unidos como un narcoestado, una estructura criminal encabezada por una élite corrupta que convirtió a PDVSA en instrumento de saqueo. No es una etiqueta política, sino una condena sustentada en investigaciones y sanciones oficiales.
Hoy, ese lenguaje desaparece en la práctica. No porque el crimen haya cesado, sino porque la prioridad cambió: el petróleo venezolano vuelve a operar bajo supervisión extranjera directa.
¿Qué ocurrió realmente?
Washington autorizó a gigantes como Chevron, BP y Shell a reactivar sus operaciones en Venezuela y envió a su secretario de Energía para monitorear la industria. Ya no se trata de negar la criminalidad, sino de incorporarla funcionalmente dentro de un sistema energético global estratégico.
¿Por qué cambia el escenario político y geopolítico?
El chavismo no fue rehabilitado por justicia ni por voluntad propia. Simplemente, la categoría de “enemigo absoluto” se diluye frente al interés por asegurar el suministro de petróleo. La acusación formal de narcotráfico y corrupción no desaparece, pero queda relegada ante una cruda realidad: el petróleo manda más que las condenas morales.
¿Qué viene después?
Esta nueva zona gris donde Venezuela no es aliado ni enemigo implica dependencia funcional. El régimen sigue siendo criminal y destructivo, pero Washington prefiere una coexistencia pragmática antes que un conflicto abierto.
El liderazgo opositor que insiste en calificar al chavismo como una estructura criminal se enfrenta ahora a una contradicción estructural: la geopolítica energética toma el control y redefine los límites del conflicto y la cooperación.
En resumen, Venezuela no dejó de ser un narcoestado, sino que el mundo decidió tolerarlo porque el petróleo importa más que la ética y la legalidad. Esta es la paradoja y la advertencia que no están contando.