Revelan cómo Arabia Saudita usa hackeo y violencia para silenciar críticos en Londres
Un YouTuber espiado y golpeado por criticar al régimen saudita en Londres
Ghanem al-Masarir, popular creador en YouTube con cientos de millones de visitas, denunció haber sido víctima de hackeo y agresión física por parte de agentes vinculados a Arabia Saudita.
Todo empezó en 2018, cuando sus iPhones fueron infectados con Pegasus, un software espía de origen israelí que puede espiar llamadas, activar cámara y micrófono, y extraer todos los datos personales.
Al-Masarir vio cómo su teléfono respondía lento, y luego detectó perseguidores en las calles de Londres, acosándolo y filmándolo sin parar. La situación escaló a una brutal paliza en pleno centro de la capital británica, a manos de individuos que le gritaban amenazas y mostraban claros vínculos con el régimen saudita.
Esto no es un conflicto remoto ni virtual: ocurre aquí
El Tribunal Superior de Londres confirmó en una sentencia reciente que Arabia Saudita fue responsable tanto del hackeo como del ataque físico, condenando al reino a pagar indemnizaciones millonarias. Pero la reacción oficial saudita es el silencio absoluto, sin asumir responsabilidad ni colaborar con la justicia.
Este caso pone al descubierto un método de coerción internacional que debilita la seguridad y soberanía en suelo británico, mostrando que la intimidación no conoce fronteras cuando hay intereses políticos de por medio.
¿Qué sigue tras esta evidencia?
- Arabia Saudita desacata órdenes judiciales, y la falta de cumplimiento amenaza la autoridad legal del Reino Unido.
- El uso de spyware como Pegasus abre un debate urgente sobre la protección de la privacidad y la libertad de expresión frente a regímenes autoritarios.
- La seguridad de residentes y ciudadanos disidentes que viven en países occidentales queda en entredicho ante estas tácticas ilegales y violentas.
- La comunidad política y judicial debe exigir mecanismos más fuertes para impedir que gobiernos extranjeros violenten derechos fundamentales fuera de sus fronteras.
Ghanem al-Masarir, afectado profundamente en su vida personal y profesional, resume la gravedad:
«Me han silenciado. Ya no soy el mismo. Esto va más allá de un ataque: es un desafío directo a nuestra seguridad y al Estado de derecho.»
La pregunta fundamental no es solo cómo detenerlo, sino qué harán las democracias para defenderse de esta nueva forma de agresión política que ya está ocurriendo en sus calles.