Cómo seis perros sin refugio cambiaron el turismo y la realidad en Choroní

Seis perros callejeros reinventan el turismo en Choroní

Un perrito con la pata torcida que nadie quería se convirtió en el inicio de algo que el discurso oficial no menciona. Mariarlis Pinto, sin título ni respaldo institucional, tomó un saco de comida y cambió la historia de Choroní.

Qué ocurrió

Mariarlis llegó a Choroní en 2016, tras una lesión que la obligaba a reposar. Encontró en la costa un refugio y, al salir a caminar, vio a un perro herido. Lo nombró «Pata de cloche» y empezó a llevar alimento. Rápidamente, a ese perro se sumaron otros y su acción se volvió un esfuerzo permanente.

Pasó de alimentar perros a crear Huellitas Choroní, una fundación que ha esterilizado 500 animales y dado en adopción más de 1,000. Sin financiamiento externo, solo con el esfuerzo de Mariarlis y su madre, enfrentan una realidad dura: en Choroní no hay veterinarios ni centros de diagnóstico.

Por qué esto cambia el escenario

Esta historia pone en evidencia un abandono institucional grave. Sin apoyo estatal, la protección animal en Choroní quedó en manos de una organización comunitaria espontánea, que además genera impacto económico.

Liderados por los Perriguías —seis perros con bufandas que acompañan turistas—, crearion el Woof Tour, un recorrido que vincula producción local, turismo sostenible y conservación, mostrando la biodiversidad del Parque Nacional Henri Pittier, uno de los más ricos de América Latina.

Las aristas que no se cuentan

  • No hay un respaldo real: solo dos mujeres sostienen la fundación que brinda dignidad a cientos de animales.
  • El gasto mensual supera los 4,000 dólares solo en comida, sin contar emergencias médicas.
  • El Estado nacional y local brillan por su ausencia en un territorio con recursos naturales valiosos y problemas sociales visibles.
  • Este modelo surgió sin coordinaciones ni planes oficiales, un contraste con las promesas y discursos sobre turismo sostenible y cuidado animal.

Qué podría venir después

Si las autoridades deciden seguir ignorando este esfuerzo, lo que está en riesgo no es solo el bienestar animal, sino la consolidación de un turismo consciente con beneficio real para la comunidad. Sin infraestructura ni inversión, la carga recae en esfuerzos aislados que no pueden sostenerse ilimitadamente.

Además, esta historia evidencia que los modelos oficiales actuales no están preparados para responder a problemas cotidianos, empujando a las comunidades a resolver por sus propios medios lo que debería ser una responsabilidad pública.

¿Se reconocerá finalmente el verdadero valor de esta iniciativa o se dejará que desaparezca por falta de apoyo?

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